Celos: ¿Podemos dejar de sentirlos?

«El otro no solamente no nos pertenece más, pero lo que se nos aparece de repente… es que jamás nos ha pertenecido»

Anne Dufourmantelle (En caso de Amor)

Como seres sociales que somos, necesitamos de la mirada del otro para constituirnos. Es a través de las palabras de amor, los cuidados y la atención que nos proveen en esos primeros años que conformamos lo que llamamos autoestima. En los primeros meses del bebé, la madre (o quien ejerza esta función: puede ser el padre, una tía, etc.) es casi una extensión de este, él la siente como propia: bebé y madre constituyen un todo.

Pero este idilio de fusión no puede durar para siempre. Un buen día aparece un hermanito, la madre tiene que volver a trabajar, surge un viaje, o cualquier otro acontecimiento que pone en evidencia que esa madre tiene una vida por fuera del bebé, que hay otros significativos que se vinculan con ella, y que vienen a desplazar del trono a su majestad el bebé. ¡Drama! Este viene a ser uno de los primeros grandes traumas en la vida de una persona… experimentamos por primera vez celos. Descubro que el otro puede desear algo que no soy yo, mi narcisismo entonces ¡se derrumba! «¡¿Cómo es esto posible?! Si yo era todo.» Los celos hacen sufrir porque la presencia del otro es la comprobación contundente de que no somos completos ni únicos. El arquetipo de un modo de sufrir que volverá a aparecer durante toda nuestra vida queda entonces instaurado: luego serán celos de los hermanos, amigos, de pareja, etc.

Paradójicamente, no hay nada más sano para el niño que el que su madre le regale su ausencia. Cuando por diversos motivos comienza esta separación de la madre, es que el niño empieza a valerse por sus propias herramientas. Soportar el aburrimiento es la antesala de la angustia, pero también de la creatividad. Cuando el niño se encuentra con que el otro tiene un deseo y no puede completarlo, y no es su función satisfacerlo, sino que el otro también tiene una falta que él no puede llenar, entonces viene también la liberación.

El niño necesita que haya otros en las vidas de sus padres, necesita aburrirse y pasar momentos solo, sin ser el centro de la atención, necesita que no siempre se le dé todo lo que él quiere. Cuando el niño deja de soportar el peso de tener que ser lo que los padres «esperan de él», cuando se da cuenta de que no es «el único» en sus vidas, que sus padres tienen otros deseos que él no puede llenar, entonces el niño puede buscar legitimación en el otro, pero con sus propios defectos y faltas, puede ser querido por lo que no es y por lo que no tiene (en vez de creer que lo quieren porque es «perfecto», el hijo soñado, «ideal»), empieza a crear una vida propia y no una vida que intente saciar el deseo del otro.

No es que podamos desembarazarnos de los celos de una vez y para siempre. Cada vez tendremos que aprender a hacer algo nuevo con ellos. Cada vez volverán para recordarnos que, más allá de los lazos que nos unen, nadie nos pertenece, que tampoco somos posesión de nadie. Hay un punto de dolor que la libertad acarrea siempre consigo, allí donde nos pide soltar la ilusión de ser el «todo» de alguien, allí también nos libera de ese goce mortífero de quedar fusionados al deseo ajeno. Allí también, el lugar para el deseo, el elegir estar con otro con sus defectos y faltas, con sus ausencias, con sus enigmas. Otro que a su vez pueda querer de diversas maneras a muchos otros, sin que esto los convierta en «competencia»: amistades, hobbies, familia… Un amor que admita compartir con otros es un amor que se alimenta. Ya no somos únicos para el otro, sino algo mucho más valioso y saludable, somos elegidos y podemos elegir.

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